Libro
Nantes, que en la historia constituye el fruto de una cruenta lucha por la conquista de las libertades públicas e individuales. En las pá– ginas de este convenio de tolerancia llama la atención que en Europa, manejada por el irrefutable poder de la Santa Sede, se firmó el acuerdo de una convivencia pacífica en– tre dos confesiones religiosas: la Católica y la Protestante. En este orden de ideas, tanto los católicos como los protestantes disfru– taban de la misma escala de derechos sin ninguna distinción. En suma, habla dos for– talezas: el derecho al trabajo y el derecho a la seguridad. Antes de incursionar en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, dentro del marco de la Revolución France– sa, es impostergable regresar al apogeo del Descubrimiento de América y situarnos en la Isla La Española, en diciembre del año de 1511, cuando un fraile dominico Fray Anto– nio de Montesinos 6 aterrado por la crueldad abominable con que los españoles trataban a los aborígenes, pega el grito en el cielo, y sin temor, denuncia y reclama que esas cria– turas tienen derechos: "Para dároslos a conocer me he subido aquí, yo que soy voz de Cristo en el desierto de esta isla, y por tanto, conviene que con aten– ción, no cualquiera, sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos, la oigáis; la cual voz os será la más nueva que nunca olsteis, la más áspera y dura y más espantable y peligrosa que jamás pensas– teis oír... Esta voz dice que todos estáis en pecado mortal y en él vivls y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas ino– centes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué auto– ridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras man– sas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertes y estragos nunca oldos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos 6 Antonio de Montesinos O.P. (c. 1480 - 1540) fue un dominico que se distinguíó en el combate contra el abuso al que se sometía a los indígenas por los colonizadores españoles y que causó la conversión posteríor de Fray Bartolomé de las Casas a su defensa de los indios. 54 I Revista Judicial j Junio 2010 y fatigados, sin darles de comer ni curarlos en sus enfermedades, qué de los excesivos trabajos qué les dais incurren y se os mue· ren, y por mejor decir, los matáis, por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado te– néis de quien los doctrine, y conozcan a su Dios y creador, sean bautizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos? ¿Estos, no son hombres? ¿No tienen ánimas raciona– les? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís?¿Cómo estáis en tanta pro– fundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto, que en el estado [en) que estáis no os podéis más salvar que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo.". Cuenta el cronista español Fray Bartolorné de las Casas/ que entre la multitud se en– contraba Diego Colón, el hijo del Almirante, y otros reales funcionarios, quienes sorpren– didos solicitaron al fraile Montesinos que se retractara, puesto que su sermón era un peligro para la estabilidad de la isla, y para los planes de los Reyes de Castilla y Aragón. Esta solicitud, enfureció más al predicador, y en el siguiente sermón reclamó con más valentía los derechos de los indígenas. Hay que anotar que la expresión "derechos humanos" no se conocía, y fue acuñada por Fray Bartolomé de las Casas en su obra "De los Hombres que se han hecho esclavos". En virtud a los planteamientos de este teó– logo y literato dominico, los Reyes de Casti– lla se ablandaron un poco, y en vista de su insistencia ante el Real Consejo de Indias, se expidieron unas leyes más benignas que aliviaron en algo la barbarie de los insignes colonizadores de ultramar. La vida de los seres humanos hasta el año de 1789 seguía su curso sujeta a la barba– rie y crueldad de las monarquías imperantes en Europa. Se habian logrado algunos de– rechos, pero en realidad, la esclavitud per– manecía corno una inalterable institución al servicio del Estado monárquico. Era menes- 7 (Sevilla, 24 de agosto de 1484 - Madrid. 17 de julio de 1566) fue un fraile dominico espal\ol, cronista, teólogo, obispo de Chiapas (México), filósofo, jurista y apologista de los indios. ter una tormenta sin precedentes que estre· meciera los cimientos de los añejos palacios y arrasara con la injusticia y con los placeres sin limites sustentados en la triste miseria del pueblo. Un día, las campanas de todas las iglesias de la soberbia París alzaron el vuelo, el pueblo enardecido le reclamó a la Reina que les die– ra pan, y la altiva María Antonieta les dijo: "si no tienen pan, vayan y coman carne". Al poco tiempo, la Asamblea Nacional Consti– tuyente anuncia al mundo que "Los hom– bres nacen y permanecen libres y con iguales derechos", y los cimientos de las viejas mo– narquías temblaron, y la voz recorrió tierras y mares, y en el cielo de los seres humanos brilló, i por fin!, una estrella de esperanza. De París el grito de Libertad llegó hasta los Estados Unidos de Norteamérica. Pero, fue en la Nueva Granada, en la futura República de Colombia, en donde la "Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano" cobró importancia de ideales humanísticos, dado que, el espíritu de nuestra Indepen– dencia estaba impregnado de valores patrió– ticos de los que adolecía la causa de George Washington. Los motivos de la separación de Estados Unidos de Gran Bretaña se sus– tentaron en causas económicas. El adalid de los Derechos Humanos en Co– lombia es, sin lugar a dudas, don Antonio Nariño. Por esto, se le ha concedido el título de Precursor de la Independencia El Liberta– dor Simón Bolívar lo consideraba su maestro e inspirador en muchas de sus decisiones polfticas. Encarnó todos los ideales del siglo XVIII, el Siglo de las Luces, el siglo del hu– manismo puro. En sus escritos se respira el sueño de Libertad, de esa utopía que Simón Bolívar hizo realidad para toda la América meridional, porque su pensamiento cruzó todas las fronteras de este Continente. Una tarde de diciembre de 1793, el joven granadino Antonio Nariflo se encontraba inmerso en la lectura rodeado de los seis mil volúmenes que integraban la biblioteca de su padre, el español Vicente de Nariño y Vásquez. Alguien tocó a su puerta. Una visita inesperada le trajo un libro de mala reputación, incluido en el lndex Librorum
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