"In memoriam" Un homenaje al legado de los magistrados de la Corte Constitucional
321 Un homenaje al legado de los magistrados de la Corte Constitucional CONTENIDO la crónica – de lo que se vio, se dijo, se aprendió o se olvidó, se padeció o se gozó – traza un camino que acaso alguien intentará recorrer sin repetir los errores. Esta solidaridad con los hombres me bastaría y me justificaría. Y si, a pesar de las anteriores explica- ciones – casi disculpas –, algunos se preguntan la razón de ser de este libro, por qué me tomé el trabajo de escribirlo, pues no encon- traran en él nada interesante; les contestaría con el único argumen- to realmente incontrovertible: ¡porque me dio la gana, porque sí! Hoy me atrevo a contradecirlo. Creo, sin temor a equivocarme, que su vida no fue tan común y corriente como creía él, y, en cambio, fue notable. Infancia y juventud Nació en Armenia, en ese entonces departamento de Caldas, el 2 de octubre de 1936, en el hogar conformado por Félix Arango Arango y Sofía Mejía Villegas. Fue el último de doce hermanos. Su familia, al igual que la mayoría de las que poblaron el viejo Caldas y el norte del Valle, descendía de colonizadores antioqueños, entre ellos, sus bis- abuelos Gabriel Arango Botero y Joaquín Arango Restrepo, quienes participaron en la fundación de Manizales. Su crianza estuvo a cargo de su madre, pues su padre falleció cuando apenas contaba con tres meses de vida. Los primeros años transcu- rrieron en la finca El Zipa, situada en zona rural de Armenia. Pos- teriormente la familia se trasladó al centro de Armenia, donde vivió hasta concluir el bachillerato. Siempre se caracterizó por sus buenos resultados académicos y su precocidad en el aprendizaje. Recordaba que, cuando ingresó al cole- gio de los Hermanos Maristas en Armenia, fue promovido dos cursos el primer día de clases, al demostrar que podía leer y escribir y que dominaba, al menos, la suma y la resta. A los 14 años perdió a su madre y, de ahí en adelante, como él mismo lo decía, empezó a responder por sus actos. Él mismo firmaba sus calificaciones, lo que no era más que un simple requisito de trámite, pues siempre ocupaba el primer lugar de la clase.
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