"In memoriam" Un homenaje al legado de los magistrados de la Corte Constitucional

234 ‘In memoriam’ Carlos Gaviria Díaz CONTENIDO Plena, para lo cual debía enfrentarme a un proceso de méritos, en el que todos los magistrados postulaban un candidato, pero faltaba el de Gaviria. Era una ocasión propicia para llevarle la remesa de libros al magistrado y, de paso, darle mi hoja de vida. Así lo hice, apliqué a la convocatoria, entregué los libros, le di a conocer mi historia acadé- mica y laboral, y así conocí a quien años después definiría como mi mejor amigo. Gaviria me presentó ante el pleno de la Corporación como su candidata, logró sacar mi nombre adelante y me designaron en el cargo anhelado. Lo vi hacer una magistratura impecable al lado de grandes colegas como Eduardo Cifuentes, Fabio Morón, José Gregorio Hernández, Antonio Barrera y Alejandro Martínez. Fue una magistratura fresca, que “acortaba las distancias”, y se mostraba cercana a todos en medio de un colegaje vecino a la familiaridad: nos exigió llamarlo con un “Carlos”, a secas, y el despojo de todo lo que implicara servilismo y pleitesía. Curtido por los embates de un exilio en Argentina y con-servando la llaneza paisa, era ajeno a la superficialidad, a la fatuidad académica y al adorno retórico y vacío; detestaba las naderías, a los arribistas intelectuales, a los esnobistas y a los solemnes sin causa que posaban de originales. Ya muchos colegas en este proyecto inédito, maravillosamente inspi- rado por el actual presidente de la Corte Constitucional y que rinde homenaje justo a todos aquellos magistrados fallecidos, se han referi- do con solvencia a la impronta democrática y a la “ingeniería consti- tucional” de Carlos Gaviria como magistrado, así como a sus aportes, pioneros y decisivos en la jurisprudencia de la Corte Constitucional. A esos estudios me remito para destacar, como anuncié, otra faceta de las muchas que prevalecían en la imagen que tuvimos de Gaviria. Libros y música Con posterioridad a su salida de la Corte Constitucional por la fina- lización del periodo como magistrado, empezamos una amistad que él calificó como “literaria” y que duró hasta sus últimos días. Mis constantes viajes a España y los de él a México y a Argentina eran la ocasión para tener, de primera mano, los libros que abrirían paso a una bitácora con la lectura de escritores de culto.

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