"In memoriam" Un homenaje al legado de los magistrados de la Corte Constitucional

226 ‘In memoriam’ Carlos Gaviria Díaz CONTENIDO Como lo dije al inicio de este escrito, pude acompañar a Gaviria como monitora en dos clases en la Universidad de los Andes. Más allá de su erudición, varias cosas me impresionaron como profesor, entre otras, su amabilidad con los estudiantes y la capacidad que tenía de hacerlos sentir a todos como interlocutores válidos. Gaviria en clase usaba el método socrático, consistente en hacer preguntas para la indagación y la búsqueda de ideas. Si alguien en la clase hacía una pregunta que otros podrían ver como irrelevante o impertinente, él ayudaba a con- vertirla en un interrogante que invitaba a reflexiones muy profundas. No había estudiante, entonces, que no sintiera que había hecho al curso una contribución significativa. De todas las clases en que lo acompañé recuerdo con especial cariño el seminario sobre Kelsen, que estuvo lleno de momentos para mí memorables. Como conté en otro escrito 19 , esa clase combinaba no solo el conocimiento de Gaviria sobre el iuspositivismo, sino que en ella hacía gala de su pasión por el ambiente intelectual y artístico de la Viena de entreguerras. Antes de empezar a leer a Kelsen, nos sumer- gíamos entre música clásica, cuadros de Klimt, imágenes de la casa que Wittgenstein le había diseñado a su hermana y la lectura de una que otra frase ácida y elocuente de Karl Kraus. Así, Gaviria nos invita- ba a sentirnos en el momento y en la época propicia para empezar a estudiar a uno de sus autores preferidos. Una sesión de ese curso fue inolvidable, no tanto por lo que aprendi- mos sino por lo que nos reímos. En ella un estudiante estaba hablan- do de interpretación jurídica y pintó un dibujo para tal efecto. Con base en ese dibujo nos preguntó: “¿Ustedes qué ven?” Y la mayoría al unísono respondimos: “Un pato”. A continuación, el estudiante dijo: “Es cierto, pero también el dibujo puede entenderse como un conejo acostado”. De nuevo, la mayoría asentimos con la cabeza pues vimos pronto la figura que nos señalaba el expositor. Sin embargo, pasado un buen tiempo (y subrayo, un buen tiempo) en el que Gaviria perma- necía en silencio, un poco abstraído de lo que hablaba el expositor, saltó de su silla, interrumpió la clase y afirmó con emoción: “¡Por fin vi el conejo!”. Todos en la clase soltamos la risa, y nos tocó suspender 19 Ángel Cabo, Op. Cit .

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