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54 Revista Judicial O,,;omb« 2011 Mientras esperaba el encuentro con el clien– te que habrla de pagar el porcenta¡e restan– te por el trabajo que acababa de hacer, Al– varito empezó a evocar recuerdos para irlos olvidando, para irlos sepultando allí, al pie del árbol que lo ocultaba a los rayos del sol y a los ojos de la Policía. Recordó el día de su primer encuentro con un cliente, un presta– mista que tenía su oficina en la plaza mayo– rista, al lado de un desayunadero paisa. Sus ojos brillaban al sol como si fueran antorchas ardiendo y parecían apagados al dolor, in– mutables al sufrimiento de un deudor insol– vente. Asustaba la frialdad de sus palabras. La oferta no podía rechazarse: dos millones de pesos, una vez se realizara el trabajo, en dos contados: "cuenta usted y cuento yo". Alvarito no fue capaz de contarlos. En su cabeza no cabía esa cifra. Solo sabía contar fuetazos, palizas que le propinaba su padre cuando llegaba pasado de copas(" ¿cuántas se habría tomado para llegar a la casa corno una mica?"). También había aprendido a contar las horas, y los días, y las semanas, y los meses. Pero esas son cosas que no se conocen por millones. Así que le tocó creer en la palabra del viejo, que aseguraba que en cada uno de los fajos de billetes, según indicaba el sello del banco, había un millón de pesos. Dos fajos, dos millones. Eso, en todo caso, era mucho dinero por una sim– ple acción que duraba segundos: apretar un gatilloapuntando en la dirección correcta; es decir, a la cabeza de un don nadie, de quien solo se sabía que "algo habría hecho para que lo quieran borrar del mapa". También le vino a la memoria el día que le tocó matar a un cura, de quien decía su cliente que le gustaban los 'pelaos' y que había violado a un monaguillo. "Hice de cuenta que el tipo se habíametido conmigo, y sentí un fresquito cuando cayó... ". Jamás se creyó con autoridad para juzgar a sus vic– timas, pero en el caso del cura, algo le dijo que su trabajo había sido más que eso. Ha– bía sido un acto de justicia. Tal vez de honor. Recordó, además, el día en que su madre se enteró de su trabajo. La recordó sentada en un vejestorio de silla -la última que quedaba del único juego de sala que habla conocido-– con sus manos delgadas y sus dedos como alambres; con unos ojos de plegaria yun ros– tro limpio, sin maquillaje y sin arrugas, que parecía haber sido el modelo para esculpir la imagen de una santa. Solo inspiraba bondad y ternura y compasión. En contraste, Alvarito alcanzó a descubrir en el espejo que consti– tuía el únKo elemento decorativo de la casa, su propio rostro con una cierta apariencia de maldad, pero solo apariencia Rostro dema– siado infantil y dientes que parecían aún de leche. Revelaba diez años; pero su registro civil de nacimiento decía otra cosa. Alvanto Pérez tenía para entonces ~so hace ya tres años- doce sufridos septiembres. Pero ya era el orgullo y la esperanza de su madre. Ese día, cuando la cucha le preguntó de dónde había sacado el dinero para esa ropa tan fina y para semejante mercado, no dudó un segundo en hablarle "a lo sincero". lo cual no sorprendió a la abnegada madre, para quien, el tener un hijo sicario era cosa del destino. Corno si en vez de sicario le hubiera salido gay. Igual era su hijo y no podía recha– zarlo por eso. Al contrario, una madre tiene que ser el apoyo de sus hiJOS, en la vida que
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